lunes, 28 de septiembre de 2015

Sonríe, mujer.

Sonríe mujer. Sonríe y ponte guapa; lo suficiente como para que no sea desagradable mirarte, no tanto como para que parezca que solo piensas en tu físico. Pero tampoco pienses demasiado, mujer, piensa lo justo para que no se aburra hablando contigo y no tanto como para irritarlo. Sonríe mujer, y ten cuidado con tu escote, demasiado pronunciado es señal de estar provocando, no les hagas saber que no te vistes en torno a los posibles efectos que puedes producir en sus braguetas, no intentes hacerles entender que esas braguetas no son el centro del universo. Tú te vistes para provocar, acepta las miradas hacia tus pechos cuando pasees por la calle y no te ofendas, porque si no quisieras que te miraran, no te lo habrías puesto, mujer provocadora.

Sonríe mujer, y dale la razón cuando te diga que estas cosas se te ocurren ahora que está de moda ser una “feminazi”, ríele los chistes sobre el feminismo, las lesbianas, las camisas de cuadros y lo mal follada que estás.  Que eso son tonterías mujer, no seas cansina y repetitiva.

Sonríe mujer, y siéntete inferior, débil. Sé fina y delicada como una compresa pero no hasta el punto de alcanzar la cursilería, las mujeres ñoñas son un fastidio. Tampoco seas demasiado brusca, directa o desagradable, que esto no es lo que te enseñaron tus padres. Sé una señorita. Siéntate con las piernas cruzadas y sonrójate cuando pienses que se te han visto las bragas. Luce el bikini orgullosamente con un atisbo de modestia pero que no se te vea el sujetador con las transparencias, que eso es de guarra. Nunca te sientas demasiado orgullosa de tu cuerpo a menos que ellos te hayan dado esa seguridad que te falta a base de esos piropos poéticos.

Sonríe, mujer, sé inteligente, pero no más que él. Mantén conversaciones interesantes solo hasta el momento en el que se tensen, dale entonces la razón. No seas una sabiondilla, no toques los cojones (a menos que él te lo pida) no lo hagas sentirse inferior, no lo hagas preguntarse qué hace una mujer como tú con un tío como él, no lo hagas dudar sobre qué clase de tío es, no hagas eso, que implosiona. Que implosiona y lo mismo te cae un guantazo, porque claro, “nunca se sabe”, esas cosas “no se veían venir”, y “nunca sabes a quién le puede tocar”.

No luches, mujer. Discúlpate cuando todos se den por aludidos y te increpen que estás generalizando, muérete de pena por tener que entrar en esos debates y veas cómo se deja pasar una vez más lo importante. Discúlpate también por haberte quejado, claro. Y por estar demasiado gorda. O demasiado delgada. O por esa tontería que te ha dado ahora de quejarte por cobrar menos, qué más darán unos eurillos más que menos, mujer. La cosa es quejarse, que es lo que les gusta hacer a las mujeres.

Sonríe mujer, que ese desconocido de ahí te ha piropeado, que se ha tomado la molestia de decirte cuántos polvos te echaría sin que tú le hayas preguntado. Sonríe y estate agradecida, siéntete orgullosa de ser tan sexual y follable. Sonríe y no te quejes, que todo esto son solo clichés, que el machismo está superado, que este tema está ya muy manido. No te quejes, pero acelera el paso cuando camines de noche, mira hacia atrás en las calles solitarias, ten miedo por el simple hecho de ser mujer e ir sola, siéntete amenazada cuando pasas delante de un grupo de hombres, acobárdate cuando ese otro te diga lo desagradecida que eres tras no haberle sonreído tímidamente después de ese piropo, asume que a veces es mejor morderte la lengua y mirar hacia abajo “porque nunca se sabe”, pero no te quejes, mujer, que todo esto ya lo hemos superado. 

lunes, 15 de junio de 2015

Sonrían.

Hoy voy a darles el mejor consejo que podré darles nunca. Señores, sonrían. Sonrían porque pueden y porque todavía es gratis hacerlo. Sonrían porque aunque piensen que tienen pocos motivos seguramente sean cientos. Cientos que no ven. Sonrían antes de que se den cuenta de que perdieron muchas cosas por las que no sonrieron. Sonrían, señores, porque están más guapos y saben hacerlo.
Y esto no va de ese optimismo tan comercial, aquí ninguno somos misses ni místeres Wonderful y todos nos levantamos con legañas y mala gana, pero sonrían, que la vida es más bonita y aunque una sonrisa no te la arregle, a veces, solo a veces, no se vaya usted a hacer ilusiones, una sonrisa la facilita un poquito.

No les pido que sonrían en esos momentos en los que nuestra existencia nos parece la mayor desgracia del planeta, ese momento en el que la pareja les deja y el gotelé de las paredes se les viene encima. No, yo respeto esos momentos de drama que todos tenemos en la vida. Les pido que sonrían de verdad, con el corazón, ante todos esas cosas que deberíamos apreciar más cuando pasan; ese vecino que te ve acercarte y no te cierra la puerta en las narices, ese día que te cogen todos los semáforos en verde, ese whatsapp de buenos días de alguien que ha pensado en ti...esas pequeñas banalidades,  cosas intrascendentes que no te van a cambiar la vida pero que te alegran el día, y qué mejor que haber tenido una vida llena de días plagados de sonrisas.

No se crean que esto va de lecciones, yo soy la primera que debería sonreír más y no lo hace, pero piénsenlo, señores, piensen en esas cosas tan fundamentales que nos van bien y de las que solo nos acordamos cuando empiezan a ir mal. Qué típico un “por lo menos tenemos salud” pero qué verdad. Sonrían porque todavía pueden bailar, aunque no lo hagan como Beyoncé, sonrían porque todavía pueden respirar, aunque este aire esté cada vez más contaminado, sonrían porque todavía pueden recordar, y no pueden hacerse una idea de lo que conlleva eso. Sonrían porque todavía pueden abrazar a sus seres queridos, aunque a otros ya no, abracen fuerte a los que todavía sí. Que sí, que Fulanito o Menganita no los quiere ni en pintura, que no tienen una cita ni por eDarling, pero sonrían por toda la gente que los quiere y por toda la gente a la que quieren, es importante llegar a ese punto en el que te complace más querer que el que te quieran, qué bonito cuando llegas a eso. Sonrían por esas barbacoas con la familia, por esas cervezas con los amigos. Sonrían señores, cuídenlos, mímenlos, que no hay cosa más bonita que mimar lo que queremos.

Ya les digo, señores, esto no va de felicidad por los cuatro costados ni de vomitar arco iris. Va de no hacernos la vida más complicada de lo que se nos pone a veces. De hacerla más fácil en esos momentos en los que se complica. No sean agrios señores, disfruten lo bueno que tienen y luchen contra aquello que los hace infelices, luchen por sonreír más veces al día. Y por favor, no caigan en el error, no sean de esos a los que les fastidian las sonrisas.


Señores, háganse un favor y sonrían, háganse la vida más bonita.

sábado, 23 de mayo de 2015

Hagamos eternidad

Préstame 365 días. Yo te regalo mi enero, un hueco en mi sofá y un trocito de manta, mi ilusión el día de cabalgatas y mis pies fríos en la cama. Te regalo febrero, mi disgusto por el día de los enamorados y mi sonrisa escondida si al día siguiente me sorprendes con algo porque da igual el día del año.
Te regalo marzo y mis vaivenes, las escapadas furtivas a una playa que todavía enfría pero que calma, noches de risas y mañanas de cama. Te regalo abril y mis aguas, mis ojos brillantes y mis dedos señalando naranjas. Te regalo mi calor en esas tardes mojadas, mojar las que vengan sin agua. Mojarnos al fin y sin cabo. Y que las lluvias de abril parezcan sequía a nuestro lado. Te regalo mayo, ese calorcillo que empieza a quemarme en la boca del estómago cada vez que nos miramos. Te regalo una semillita y te dejo elegir el sitio en el que la plantamos. Floréceme las ganas.
Te regalo junio y mis agobios, pasear descalza por tu alma, mis llantos tontos y mis sonrisas mientras me escondo en tu hombro. Te regalo julio y mi verano. Mi alegría revolcándose por la arena y mi vida por tu mar en calma. Te regalo noches de aire acondicionado bien tapados, deja mandar a las sábanas. Te regalo agosto y mi piel tostada, dibujos en tu espalda quemada. Tardes de calor sofocante en las que ardamos. Abrazos pegajosos y atardeceres en nuestros ojos.
Te regalo mi otoño, un septiembre despellejado. Te regalo un volver a empezar continuando una vez más, mil maneras nuevas de seguir igual. Nos regalo la oportunidad; a ti, a mí, a nosotros, la posibilidad de hacerlo mejor, de hacer más. Te regalo octubre y mi rutina, mi miedo a caer en la monotonía, mi sorpresa si me sorprendes y yo ya me lo intuía. Te regalo mis hojas secas en tus libros. Pero ven y deshójame alguna tarde. Te regalo noviembre y esa nostalgia, madrugadas cobardes en las que nos hagamos valientes, caricias en tu espalda hasta que te duermas, mis ganas de hacernos magia.
Te regalo diciembre, sus luces, mi luz. Te regalo largos paseos de emoción bajo un paraguas. Te regalo miradas que te quiten el frío, rincones donde descongelarnos. Te regalo ser la última persona de la que me despido y la primera a la que recibo.
Préstame otro año. Te prometo intentar que sea distinto. Te prometo conseguirlo. Regálame luego un lustro, o una década, o un siglo. Hagamos eternidad. Te regalo mi infinito.

martes, 17 de marzo de 2015

Ruidos

No fue la intensa borrasca lo que me despertó. Tampoco el crujido de la madera sobre mi cabeza. No. Fue esa extraña sensación de que no estás solo. La inquietante certeza de que te están observando, de que un par de ojos brillantes en medio de la oscuridad te traspasan. Seguí con los ojos cerrados y el oído agudizado, la última bocanada de aire que había inhalado llenaba mis pulmones, que parecían haberse olvidado de expirar. Un chirrido. Me levanté de la cama de un salto. De puntillas, notaba el cosquilleo de la moqueta bajo mis dedos que pronto se encontraron con el suelo congelado.

Abrí silenciosamente la puerta y me encaminé hacia el interminable pasillo oscuro, que se asemejaba más que nunca a la boca de un lobo. Un golpe. Había alguien, seguro. Bajé a tientas la escalera, deslizando mi mano por la fría y suave barra de caoba. Uno, dos, tres escalones más. El corazón me latía en la garganta. Llegue frente a la puerta de entrada. Nada. Todo en su sitio; pestillos echados, alfombrilla recta…

De repente el sonido de un chirriante metal contra el mármol del suelo, me giré bruscamente hacia atrás. El paragüero caído en medio de un creciente charco parecía reírse de mí. Pasos a mi espalda, rápidos, pequeños, seguros, me volví a girar, sintiendo cómo las gotas de un frío sudor resbalaban por mis sienes palpitantes. La puerta se abría y cerraba guiada por la fuerte ventisca golpeando el marco de la puerta. Me acerqué y saqué la cabeza al exterior .El frío viento nevado me abofeteó la cara, mis labios se cortaban y agrietaban hasta quemarme. Miré hacia un lado, hacia otro. Nada. Dirigí la mirada hacia arriba. Las estrellas titilaban, burlonas, guardianas del secreto que ese pueblo se esforzaba por esconderme.