sábado, 27 de diciembre de 2014

Que te rías



Mira, que no te aguanto más, que no soporto esa mirada perdida y esa cabeza gacha. Que te rías. Que te rías de tu pelo de rata que se convierte en melena de león cuando llueve. De ese vaquero cabrón que ha encogido solo en el armario. De esa goma de las bragas dadas de sí que las sentencia fulminantemente a ser “bragas de regla”. De los tímpanos destrozados de  tu familia después de haber dado el recital en la ducha. De las farolas que se interponen en tu camino cuando te giras para mirar a ese o a esa. De la cara de enfrente cuando te pilla bailando por casa con las ventanas abiertas de par en par.


Que te enteres, que el mundo se ríe de todos nosotros, pero que te rías tú más fuerte. Que te oigan tus vecinos. Ríete solo, acompañado, por la calle. Que la gente te mire mientras estallas en carcajadas. Que por ahí hay niños llorando mientras sus sonrisas estallan. 


Que dejes de lloriquear, joder, que lo malo va a pasar igual te guste o no, llores más o menos, patalees o aporrees paredes, que la vida es un chiste y no hay nada más sexy e inteligente que una persona que se la toma con humor. Que no seas de esos que ladran por cada broma que reciben, de los que te dan los buenos días con el ceño fruncido a primera hora de la mañana. Que sí, que la cosa está jodida, que cada vez trabajamos más por menos, que vivimos más y peor, pero joder, que por sonreír todavía no hay tasas. Que sí, que te cagues en los muertos de quien te dé la gana, que te enfades y te deprimas, pero hazme el favor de no convertirlo en costumbre, que por cada gruñido haya diez carcajadas. Que te rías de la vida, que al final ya se reirá lo suficiente ella de ti, (por si no se ha reído durante todo el camino).


Que te rías de las mierdas que pisas por la calle, de la familia de el perro, de la esquina de ese mueble y tu dedo roto a las tres de la mañana cuando vas a por agua, de esas peleas con tu mejor amigo que luego solucionáis con una cerveza, de esa botella de ginebra que se te rompió nada más empezar el botellón, de ese 4’9 para septiembre, de esos ataques de ansiedad tres días antes de un examen, de los gilipollas, de los demasiado tontos, de los que se pasan de listos.


De ti, de mí, que me da igual de qué, pero que te rías.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Vamos a hacernos paraíso

Hoy te me regalo. Quiero ser tu viaje. La ciudad a la que siempre quieras regresar. Te regalo un billete de ida a todos mis rincones. Ven sin vuelta. O vuelve, pero no te vayas. Deja un trocito de ti aquí conmigo. Déjate aquí conmigo.

Viájame. Descubre mis secretos. No te vayas cuando encuentres los malos. Quiéremelos. Cuídamelos. Quita el "los" a los dos últimos verbos.

Márcame, déjame huella, pisa mi fango sin hundirte en él. Pasea por mis calles, salta en mis charcos. Mójate. Mójame contigo.

Disfrútame. A mí. A nosotros. A lo nuestro. Porque hay un nuestro queramos o no. Porque tú conmigo mejor. Porque yo sin ti puede, pero mejor no.

Acéptame. Ten en cuenta que eres mi mayor miedo, que no te quiero superar. 

Arriésgate conmigo. Que nos tiemblen las piernas. Aunque nos caigamos, aunque nos hagamos daño. Vamos a dolernos juntos y ya luego nos lamemos las heridas.

Confía en mí. Que no te suelto. Que este precipicio es muy alto y antes me dejo las uñas en tus brazos que dejarte caer.

Vamos a seguir subiendo que yo por ti supero mi vértigo. Mira hacia abajo, mira todo lo que hemos andado. No deshagas nuestro camino, dale tres patadas a esas piedras que se nos ponen delante. No te vuelvas, que me pierdo.

Te me regalo sin condiciones, sin peros. Vamos a hacernos paraíso. Deshagámonos nuestros infiernos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Por arriesgarnos las tripas.


Hoy brindo por los valientes. Por los que corren el riesgo. Por los que ponen en peligro su orgullo y sus tripas. Por los que piensan en el mañana y tiemblan de ganas en vez de miedo. Por los que han perdido más veces la vergüenza que el autobús. Por los que corren detrás de sus pesadillas a hacerle cosquillas. 

Por los que se atre-ven y vuelven y mejor si no te vas. Por los primeros; el primer paso, la primera mirada, al primer beso, el primer te quiero, el primer yo ya no, la primera huída de ese grupo de Whatsapp. Por los que aceptan los finales y aún así saborean la historia como si no fuese a terminar. Por los que se revuelcan en el fango de sus derrotas. Por los que no se dejan impresionar por el fracaso. Por los que se hacen grandes ante sus fobias.


Por los que no se callan. Por los que apuntan alto venciendo al vértigo. Por los que pelean a gritos y se reconcilian a gemidos. Por esos que lloran hasta que se les quema un pulmón y guardan el otro para desgastarlo a carcajadas. Por esos pocos que ganan las causas perdidas, por el sudor, las uñas y los dientes que se dejan en las sábanas. Por los muelles, que son los más valientes de toda esta historia. 
Por esos que rellenan sus vacíos sin necesidad de que vengan otros a ocuparlos. Por los que saben cuándo pedir que llenes ese hueco porque mejor tú que ellos. Por los solitarios que no están solos. Por los que tienen el coraje suficiente de pedir ayuda, de pedirte. Por los que se acuestan con el monstruo de debajo de sus camas. Por los que incendian la oscuridad antes de que empiece a darles miedo. Por los que no le tienen miedo al miedo. 
Por los que salen sin paraguas, se mojan y después usan la toalla que otro ha tirado para secarse. Por los que reconocen el tren al que hay que subirse, aunque la vía esté sin terminar. Y se suben. Por los que no se bajan cuando el vagón se empieza a vaciar. Por los que beben el agua de todas las fuentes que negaron.



Por los que se desnudan primero y después se quitan la ropa. Por los que saben desnudarte sin permiso. Por los que se atreven a despojarse de algún que otro principio manío y tirarlo al rincón de la ropa sucia. Por los que te rescatan y se dejan rescatar. Por los que matan las ganas muriendo con ellas. Por los que no se quedan con la duda.


Porque si no eres tú soy yo, pero siempre somos. Por arriesgarnos las tripas. Porque a lo mejor duele pero qué bonita la agonía. Porque quién sabe. Por quien aún sabiéndolo se tira. Porque lo sabemos y nos tiramos y lo mismo hay paracaídas o lo mismo no pero por si acaso tú no me sueltes la mano. Porque me muero de miedo y hablo de miedo por no decir tu nombre. Por que este precipicio no se acabe nunca. Porque eres la caída más bonita.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Tengo veintipico



Tengo veintipico. Diecimuchos delante de una pizarra.  Y miedo, mucho miedo, de eso también tengo. Tengo veintipico y la sensación de que esos diecimuchos los he perdido. Eso y la convicción de que no es mi culpa como quieren hacerme creer. Y parece que algunos no se enteran de que llevo diecimuchos esnifando tiza, que no opio. Y a lo mejor no me sirve para nada en este sistema, pero diecimuchos años tienen muchas horas. Y en muchas horas sentado delante de una pizarra otra cosa no, pero de pensar te da tiempo. Y qué pena que se os haya olvidado que vosotros también pasasteis diecimuchos esnifando tiza. Qué pena que no recordéis lo que se llega a pasar por la cabeza con tantas y tantas horas sin nada que hacer. Qué pena que parezca que hayáis tenido toda la vida cuarenta, cincuenta y sesenta y tantos. Qué pena que después de diecimuchos delante de una pizarra lo único que os quede en la cabeza sea polvo de tiza. 

Tengo veintipico y cada vez menos amigos, pero mejores. Veintipico y más pereza para subirme a unos tacones a destrozarme los pies y el hígado un viernes por la noche, pero oye, qué bien sienta una cervecita los sábados. Con los pocos amigos pero mejores, los de siempre o los no tan de siempre pero que ya sabes que siempre estarán ahí. Los de los veintipico, que solo pueden mirarte y asentir cuando les cuentas que vaya puta mierda esto de crecer, que qué sensación más rara la de sentirte demasiado niño en algunas situaciones pero demasiado adulto para ciertas conversaciones. Con los que puedes poner verde tanto a los políticos como al último gilipollas que te ha roto el corazón sabiendo que las dos cosas les parecerán igual de graves. Sin juzgarte. Sin calificarte de aburrido o de infantil. 

Tengo veintipico y un apetito nuevo, me como las lentejas que antes dejaba, pruebo lo improbable, y joder, a ver si me estoy haciendo mayor. A ver si ahora resulta que sí que voy a ser igual de cabezona que mi madre o voy a tener el mismo carácter de mi padre, a ver por qué ahora sonrío cuando me lo dicen y siento cierto regustillo. Tengo veintipico y la sorpresa de que se sorprendan de que no cambie, porque sí, que tengo veintipico, veintipico años tirando la ropa en el mismo rincón, pero oye, que como ahora tengo veintipico la recojo, tarde o temprano, algún día, de este mes, te lo juro mamá. 

Tengo veintipico y cada vez más amor por lo que hago, por lo que soy. Veintipico e inseguridades, muchas, tantas como certezas de lo poco que me importa ya el qué dirán, de cuánta razón había en eso de “haz lo que te haga feliz”, de que tampoco me tengo que olvidar del “pero que no te mate de hambre”.Tengo veintipico y cada vez menos tiempo libre. Tiempo. Tengo veintipico y me acabo de enterar de eso del tiempo, de que pasa, de que no vuelve, de lo de invertirlo en ti. En lo que haces. En lo que eres. 

Tengo veintipico y muchas ganas. Ganas de no tener miedo cada vez que pienso en salir de la universidad. Ganas de tener ilusión por un futuro, de desprenderme de esta incertidumbre que te reconcome el intestino. Ganas de mandar a la mierda a los “yo a tu edad…” Lo mismo tú a mi edad no tenías la mitad de miedos, desesperanzas y decepciones que yo. Lo mismo a tu edad el esfuerzo se recompensaba, pero ya no. Lo mismo a tu edad no llevabas 7 años escuchando que eras parte de una involución. Lo mismo tú a mi edad no experimentaste ese desasosiego de sentir que el mundo va hacia atrás. Lo mismo eh, que lo mismo no. Pero claro, qué voy a saber yo, si no tengo ni la experiencia mínima.