martes, 17 de marzo de 2015

Ruidos

No fue la intensa borrasca lo que me despertó. Tampoco el crujido de la madera sobre mi cabeza. No. Fue esa extraña sensación de que no estás solo. La inquietante certeza de que te están observando, de que un par de ojos brillantes en medio de la oscuridad te traspasan. Seguí con los ojos cerrados y el oído agudizado, la última bocanada de aire que había inhalado llenaba mis pulmones, que parecían haberse olvidado de expirar. Un chirrido. Me levanté de la cama de un salto. De puntillas, notaba el cosquilleo de la moqueta bajo mis dedos que pronto se encontraron con el suelo congelado.

Abrí silenciosamente la puerta y me encaminé hacia el interminable pasillo oscuro, que se asemejaba más que nunca a la boca de un lobo. Un golpe. Había alguien, seguro. Bajé a tientas la escalera, deslizando mi mano por la fría y suave barra de caoba. Uno, dos, tres escalones más. El corazón me latía en la garganta. Llegue frente a la puerta de entrada. Nada. Todo en su sitio; pestillos echados, alfombrilla recta…

De repente el sonido de un chirriante metal contra el mármol del suelo, me giré bruscamente hacia atrás. El paragüero caído en medio de un creciente charco parecía reírse de mí. Pasos a mi espalda, rápidos, pequeños, seguros, me volví a girar, sintiendo cómo las gotas de un frío sudor resbalaban por mis sienes palpitantes. La puerta se abría y cerraba guiada por la fuerte ventisca golpeando el marco de la puerta. Me acerqué y saqué la cabeza al exterior .El frío viento nevado me abofeteó la cara, mis labios se cortaban y agrietaban hasta quemarme. Miré hacia un lado, hacia otro. Nada. Dirigí la mirada hacia arriba. Las estrellas titilaban, burlonas, guardianas del secreto que ese pueblo se esforzaba por esconderme.

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