No fue la intensa borrasca lo que me despertó. Tampoco el
crujido de la madera sobre mi cabeza. No. Fue esa extraña sensación de que no
estás solo. La inquietante certeza de que te están observando, de que un par de
ojos brillantes en medio de la oscuridad te traspasan. Seguí con los ojos
cerrados y el oído agudizado, la última bocanada de aire que había inhalado
llenaba mis pulmones, que parecían haberse olvidado de expirar. Un chirrido. Me
levanté de la cama de un salto. De puntillas, notaba el cosquilleo de la
moqueta bajo mis dedos que pronto se encontraron con el suelo congelado.
Abrí silenciosamente la puerta y me encaminé hacia el
interminable pasillo oscuro, que se asemejaba más que nunca a la boca de un
lobo. Un golpe. Había alguien, seguro. Bajé a tientas la escalera, deslizando
mi mano por la fría y suave barra de caoba. Uno, dos, tres escalones más. El
corazón me latía en la garganta. Llegue frente a la puerta de entrada. Nada.
Todo en su sitio; pestillos echados, alfombrilla recta…
De repente el sonido de un chirriante metal contra el mármol
del suelo, me giré bruscamente hacia atrás. El paragüero caído en medio de un
creciente charco parecía reírse de mí. Pasos a mi espalda, rápidos, pequeños,
seguros, me volví a girar, sintiendo cómo las gotas de un frío sudor resbalaban
por mis sienes palpitantes. La puerta se abría y cerraba guiada por la fuerte
ventisca golpeando el marco de la puerta. Me acerqué y saqué la cabeza al
exterior .El frío viento nevado me abofeteó la cara, mis labios se cortaban y
agrietaban hasta quemarme. Miré hacia un lado, hacia otro. Nada. Dirigí la
mirada hacia arriba. Las estrellas titilaban, burlonas, guardianas del secreto
que ese pueblo se esforzaba por esconderme.