A veces escribo, por necesidad, por miedo, por ego. A veces
escribo porque no sé decirlo, o no puedo, o no quiero. A veces escribo, por mí,
por llenar vacíos, por vaciar rellenos. A veces escribo porque me gusta cómo
duele y otras escribo porque así duele menos. Pero siempre duele. A veces
escribo porque es instinto, porque sale solo, porque no lo pienso. A veces
escribo porque es más fácil, a veces escribo porque lo difícil es no hacerlo. A
veces escribo porque me lo pide el cuerpo, a veces escribo como cuando vomito,
sin quererlo. Sin elegir el cómo, ni el cuándo, ni el qué, ni el por qué. A
veces escribo y da igual si son las cinco o las diez. En el autobús, en medio
de una cena o mientras duermo. A veces escribo con angustia, con ansiedad, con
vértigo, como si las palabras se fueran a extinguir, como si las ideas se
estuviesen muriendo. Es un nudo en el estómago, un cosquilleo en la punta de
tus dedos, una presión en la cabeza, aturdimiento. A veces escribo porque no sé
hacer otra cosa, porque si hiciera otra cosa me sentiría menos. A veces escribo porque no me queda más
remedio.
miércoles, 23 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
Érase
Érase un hombre solitario que solo amaba su soledad. En una cabaña, en un prado, en medio de la nada. Érase un hombre que no creía necesitar más. Érase una rubia tatuada con ganas de libertad. En una caravana, en cualquier carretera, en todas partes. Érase una rubia que siempre tenía ganas de más.
Érase un pinchazo casual, en la carretera cercana a un
prado, en medio de la nada. Érase un hombre solitario que se pasó a ayudar a
una rubia tatuada. Una charla, cuatro copas y una larga mirada. Érase una
rubia tatuada que hizo del hombre solitario un hombre con ganas. Una caravana que nunca volvió a salir de un prado en medio de la nada. Érase una
carretera echando de menos a una rubia tatuada.
Érase un hombre menos solitario y una rubia tatuada que ya
no necesitaba más. Un amor salvaje y libre, en estado puro, en medio de
la nada, por encima de todo. Érase noches infinitas. Y un hombre solitario
haciendo vida en una rubia tatuada. Y mañanas de náuseas y tardes de
antojos de una rubia tatuada. Érase nueve meses llenos de una ternura
apasionada.
Érase una niña castaña, libre, solitaria, que soñaba con ser
un pájaro. Unos dedos regordetes enredándose con la hierba de un prado en
medio de la nada. Érase una médula caprichosa y un exceso de glóbulos blancos
en una niña castaña. Y meses de hospitales, esperanzas suicidas, rabia
contenida. Érase una niña castaña que dejó de soñar. Érase un nuevo pájaro más.
Érase una rubia tatuada por un dolor que quemaba el alma del
hombre que la miraba. Y un hombre más solitario que se ahogaba en la pena. Érase
una rubia tatuada que ya no quería amar y un hombre solitario que necesitaba
hacerlo más que nunca. Érase una guerra encarnizada de dolor, amor y soledad.
Érase una madre que no quiso o no pudo luchar, consumida por la soledad, una rubia que derramaba más lágrimas que
toda la tinta que había en su cuerpo. Érase un bote de pastillas y una botella
y no hizo falta nada más. Érase un hombre solitario con un grito desgarrado, y
sirenas, y ambulancias, y una rubia que quería volar, que no quería luchar, y
que no luchó, y que voló, voló alto, detrás de su pájaro castaño.
Érase un hombre abandonado por las dos mujeres de su vida.
Érase una cabaña más sola, en un prado más vacío, en medio de la nada más llena
de nada que existió nunca. Érase un hombre solitario que amó tanto, con tantas
ganas, tan real, que nunca pudo volver a amar.
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