Tengo veintipico. Diecimuchos delante de una pizarra. Y miedo, mucho miedo, de eso también tengo.
Tengo veintipico y la sensación de que esos diecimuchos los he perdido. Eso y
la convicción de que no es mi culpa como quieren hacerme creer. Y parece que
algunos no se enteran de que llevo diecimuchos esnifando tiza, que no opio. Y a
lo mejor no me sirve para nada en este sistema, pero diecimuchos años tienen
muchas horas. Y en muchas horas sentado delante de una pizarra otra cosa no,
pero de pensar te da tiempo. Y qué pena que se os haya olvidado que vosotros
también pasasteis diecimuchos esnifando tiza. Qué pena que no recordéis lo que
se llega a pasar por la cabeza con tantas y tantas horas sin nada que hacer.
Qué pena que parezca que hayáis tenido toda la vida cuarenta, cincuenta y sesenta
y tantos. Qué pena que después de diecimuchos delante de una pizarra lo único
que os quede en la cabeza sea polvo de tiza.
Tengo veintipico y cada vez menos amigos, pero mejores.
Veintipico y más pereza para subirme a unos tacones a destrozarme los pies y el
hígado un viernes por la noche, pero oye, qué bien sienta una cervecita los sábados.
Con los pocos amigos pero mejores, los de siempre o los no tan de siempre pero
que ya sabes que siempre estarán ahí. Los de los veintipico, que solo pueden
mirarte y asentir cuando les cuentas que vaya puta mierda esto de crecer, que
qué sensación más rara la de sentirte demasiado niño en algunas situaciones
pero demasiado adulto para ciertas conversaciones. Con los que puedes poner
verde tanto a los políticos como al último gilipollas que te ha roto el corazón
sabiendo que las dos cosas les parecerán igual de graves. Sin juzgarte. Sin
calificarte de aburrido o de infantil.
Tengo veintipico y un apetito nuevo, me como las lentejas que antes dejaba, pruebo lo improbable, y joder, a ver si me estoy haciendo mayor. A ver si ahora resulta que sí que voy a ser igual de cabezona que mi madre o voy a tener el mismo carácter de mi padre, a ver por qué ahora sonrío cuando me lo dicen y siento cierto regustillo. Tengo veintipico y la sorpresa de que se sorprendan de que no cambie, porque sí, que tengo veintipico, veintipico años tirando la ropa en el mismo rincón, pero oye, que como ahora tengo veintipico la recojo, tarde o temprano, algún día, de este mes, te lo juro mamá.
Tengo veintipico y cada vez más amor por lo que hago, por lo
que soy. Veintipico e inseguridades, muchas, tantas como certezas de lo poco que
me importa ya el qué dirán, de cuánta razón había en eso de “haz lo que te haga
feliz”, de que tampoco me tengo que olvidar del “pero que no te mate de hambre”.Tengo veintipico y cada vez menos tiempo libre. Tiempo. Tengo veintipico y me
acabo de enterar de eso del tiempo, de que pasa, de que no vuelve, de lo de invertirlo en ti. En
lo que haces. En lo que eres.
Tengo veintipico y muchas ganas. Ganas de no tener miedo
cada vez que pienso en salir de la universidad. Ganas de tener ilusión por un
futuro, de desprenderme de esta incertidumbre que te reconcome el intestino. Ganas
de mandar a la mierda a los “yo a tu edad…” Lo mismo tú a mi edad no tenías la
mitad de miedos, desesperanzas y decepciones que yo. Lo mismo a tu edad el
esfuerzo se recompensaba, pero ya no. Lo mismo a tu edad no llevabas 7 años
escuchando que eras parte de una involución.
Lo mismo
tú a mi edad no experimentaste ese desasosiego de sentir que el mundo va hacia
atrás. Lo mismo eh, que lo mismo no. Pero claro, qué voy a saber yo, si no
tengo ni la experiencia mínima.