domingo, 19 de enero de 2014
A veces
A veces viene alguien y te descoloca.
A veces llega esa persona que se come de un bocado tus principios sin pedirte si quiera permiso y tú dejas que ocurra sin ningún tipo de resistencia. A veces eres tú mismo el que le das tus "yo nunca" para que los pisotee y haga con ellos lo que quiera.
A veces aparece esa persona que te da cucharada a cucharada todas y cada una de tus palabras, y tú, te las tragas gustosamente. A veces, esa persona te alarga las tijeras y te hace destrozar uno a uno todos tus esquemas.
Y es que a veces, casi siempre, las cosas no son como tú planeas, y no puedes hacer nada más que encoger los hombros y aceptarlo.
lunes, 13 de enero de 2014
Después de las perdices viene la resaca.
¿Sabes
cuál es tu problema? Tu problema es que no te contaron lo que había
después de las perdices. Tu problema es que no te enteraste que
después del beso final hay un “continuará”, pero no te
preocupes, yo te lo voy a contar.
Después
de las perdices viene la resaca, el príncipe amanece con mal aliento
y la princesa ha dejado su maquillaje en la almohada. Él relaja la
tripa y ella cambia el tanga por las bragas.
Un
mes después de las perdices, a la princesa el príncipe azul le
parece más bien celestón, y él descubre que los labios rosados de
su amada más que por fresas son por todos los potingues que guarda.
Las
perdices cada vez quedarán más lejos y descubrirán que lo único
que tienen en común es el título, que él quiere ser un héroe en
el campo de batalla y ella la única guerra que quiere está en la
cama.
Él
querrá salir con sus amigos a beber cervezas, ella lo pondrá verde
con sus amigas mientras se emborracha.
Ella
un día mientras pasea conocerá a un mozo de cuadras, conversarán
durante horas y la hará reir a carcajadas, y, con todo el peso de su
conciencia en el pecho, no podrá evitar ese pensamiento, ese de
“Joder, esto con mi príncipe no me pasa”. Él, mientras se toma
esas cervezas, pondrá los ojos en el escote de la tabernera, se
encandilará con las sonrisas que le regala, recordará que su
princesa ya no se pone guapa para él, y no podrá evitar
compararlas.
La
princesa dejará de sentir ese “no puedo vivir sin él” para
comenzar a pensar lo agusto que estaría si no estuviera. El príncipe
olvidará lo bonito que es eso de verla dormir y se echará a roncar
antes de que ella se meta en la cama.
En
una de las que ella esté haciendo la colada, sacará de la lavadora
su vestido preferido estropeado porque el traje azul de él ha
desteñido. En una de las que él esté metido en la bañera, se le
enredará en los dedos un matojo de cabellera dorada.
Él
pensará por qué cojones tuvo que ir a besarla, que no hubiera
pasado nada por dejarla dormir 100 años más. Ella lamentará no
haberse ido con el tirano, haberse dejado engatusar por semejante
niñato.
Descubrirán
que la pasión y el “ por siempre jamás” son una estafa y que
igual que los yogures, también caducaban.
Un
día preferirán otras bocas a sus bocas y la novedad ganará el
pulso a la rutina veterana. Pensarán en qué sería su vida
despertando al lado de nuevas caras.
Llegará
un momento en el que simplemente se mirarán y se encogerán de
hombros condenados a vivir sin magia. Darán herederos infelices a un
reino que envidia un amor que engaña. Vivirán toda una vida sin
pasión, llena de rutina y desilusión, se despertarán cada mañana
deseando apagar el despertador y asqueados de ver la misma cara cada
vez más arrugada. De vez en cuando intentarán volver a enceder la
llama y fracasarán, él seguirá pensando en la tabernera y ella en
el mozo de cuadras. Pensarán en qué hubiera sido de sus vidas si se
hubieran marchado con ellos y suspirarán, diciéndose que eso solo
ocurre en los cuentos de hadas.
Después
de las perdices llorarán, pelearán, desesperarán y vivirán una
vida desapasionada. Después de las perdices todo se acaba.
miércoles, 8 de enero de 2014
Él y ella.
ÉL
Él la quería y no sabía por qué. Le gustaba verla esperando
el autobús desde la acera de enfrente, la forma impaciente con la que miraba el
reloj, sus finos dedos tamborileando sobre sus muslos delgados. La encontraba
todos los días en ese bar de al lado de la parada del autobús a la hora de comer
y adoraba ver su pelo rubio alborotado tras quitarse el gorro de lana, la forma
en que sus grandes ojos verdes paseaban por la carta, la manera de morderse el
labio inferior con unas paletas algo separadas mientras decidía qué almorzar,
la ceremonia que rodeaba todo ese momento de elección para luego acabar
pidiendo el mismo sándwich vegetal, sin cebolla, por favor, que pedía siempre.
Le encantaba verla devorar ese sándwich como si llevara años sin comer, el
momento en el que se rechupeteaba todos los dedos cuando ya no le quedaba ni
una sola miga de pan sobre el plato, y la manera tímida que tenía de pedir la
cuenta. Lo que más esperaba era el momento del “Gracias, hasta mañana” porque
iba acompañado de la única sonrisa que dejaba ver en toda la velada. Su
sonrisa. A lo mejor la quería por su sonrisa. Su sonrisa triste, nostálgica.
Un día ella dejó de ir al bar. Él la espero media hora más,
pero no llegó. No llegó ese día, ni el siguiente, ni el siguiente otro. Él no
faltó nunca. Fue a ese bar y se sentó en la misma mesa donde la esperaba
incluso cuando las canas poblaban su cabeza. Incluso cuando esas canas
abandonaron esa cabeza. Nunca quiso a otra. Nunca le gustó la impaciencia de
otra mujer que no fuera ella. Nunca la forma de comerse un sándwich, sin cebolla,
por favor, de otra, le pareció tan adorable como la de ella. Nunca encontró una
sonrisa tan triste, tan nostálgica, capaz de enamorarlo. Solo faltó a ese bar
el día que la vida, al igual que ella hacía 50 años, y sus canas, unos cuantos
años después, lo abandonó. Él la quiso y nunca supo querer a otra.
ELLA
Ella no sabía lo que era el amor. Ella estaba sola. Ella era
sola. Odiaba coger el autobús todas las mañanas para ir a trabajar. Siempre se
quedaba dormida y siempre llegaba tarde. El frío que pasaba mientras esperaba
el maldito autobús era infernal y no sabía dónde meter las manos para
calentarlas. Nunca se paró a pensar en las bonitas manos que tenía, con esos
dedos alargados y finos, no tenía tiempo. Comía siempre en el mismo bar al lado
de esa parada de autobús porque odiaba su piso solo. Odiaba comer con todo ese
silencio que la rodeaba, con la soledad sentada enfrente. Le gustaba ese bar
lleno de gente y sus sándwiches vegetales sin cebolla. No hablaba con nadie,
pero siempre eran los mismos. Le reconfortaba ver las mismas caras. Le
agradaban todos esos murmullos alrededor. Su problema es que veía, pero no
miraba, que oía, pero no escuchaba. Nunca reparó en aquel hombre que la miraba
de frente dos mesas delante de ella. Nunca supo lo encantadora que resultaba
ojeando esa carta, lo maravillosamente bien que se comía su sándwich, sin
cebolla, por favor, o lo sexy que estaba rechupeteándose los dedos. Lo peor era
volver a casa. Se despedía de ese bar cada día como la madre que se despide del
hijo que se va de casa, con una sonrisa llena de tristeza y de miedo por
meterse en ese piso tan vacío y solo.
Un día se cansó de estar sola. Conoció a Cualquiera en el
trabajo y empezó a ir con él en coche por las mañanas. Al poco decidió que no
quería comer sola nunca más y se casó con Cualquiera. Como ni ella misma sabía
lo maravillosa que era, Cualquiera tampoco lo supo. Cualquiera nunca apreció
esas manos tan bonitas que le hacían de comer, Cualquiera se desesperaba con la
impaciencia de ella, Cualquiera nunca reparó en lo bonita que era leyendo el
menú de los restaurantes a los que iban a cenar, a Cualquiera siempre se le
olvidaba que a ella no le gustaba la cebolla. Cualquiera no supo nunca quitarle
la tristeza a esa sonrisa.
Ella nunca se quiso y no supo querer a
nadie. Ella, aunque
acompañada, nunca dejó de ser sola.
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