Pregúntale a una puta cuánto valen sus besos. Ella te dirá que no tienen precio. Es lo único sagrado que le queda. Una puta se aferra a sus besos como un viejo a sus recuerdos. Pregúntale lo mismo a cualquier veinteañera, cualquier noche, en cualquier discoteca. La gran mayoría te lo dará a cambio de una copa más. Es conmovedor que luego miren con asco a esas putas, cuando trafican igual que ellas con algo mucho más íntimo que un cuerpo.
Pregúntate tú qué besos quieres en tu vida. ¿Los de la puta o los de la veinteañera? Sal de ahí. Tírate a la calle, a las piernas abiertas de alguna cualquiera. No, mejor quédate donde estás. Lamiendo unos labios que treinta desconocidos antes que tú han probado.
Despierta aturdido, con dolor de cabeza, con olor a cerveza. Mira a tu alrededor y descúbrete desnudo entre las impecables sábanas blancas de la veinteañera. Por lo visto no tenías suelto para la mujer de los besos imposibles. Vístete sin hacer ruido y lárgate con ese nudo en el estómago, ese cargo de conciencia de que a esta no tienes que dejarle ni un billete sobre la mesa.
Métete en la primera cafetería que veas y pide un café bien cargado que intente engañar tu mal sabor de boca. Siéntate en la barra. Pecho henchido y cabeza alta. Mira a todos con esa cara de estar encantado de conocerte, esa cara de haber follado toda la noche como si al día siguiente se acabara el mundo. Sorpréndete mirando a esa chica sentada en la esquina absorta en el libro que tiene en las manos. Pregúntate si sus besos serán utópicos o regalados. Camina hacia ella haciendo aplomo de esa hombría que en realidad no tienes. Siéntate a su lado. Sorpréndete porque no deje corriendo el libro en la mesa y comience a venerarte como a Ra los antiguos egipcios. Preocúpate porque todo lo que salga de ella es una mirada molesta por acabar de interrumpir su lectura. Enfádate contigo mismo cuando no sepas qué contestar a su elegante e impertinente invitación a abandonar su mesa. Vuelve a la barra descolocado.
Encuéntrate a la chica de la cafetería cualquier otro día en el supermercado. Siéntete seguro por que esta vez no tiene un libro entre las manos. Ofrécete a llevarle las bolsas de la compra al coche. Haz acopio de toda tu testosterona e invítala a cenar esa noche. Intimídate cuando ella proponga el restaurante. Recógela en su casa a las nueve y desconciértate cuando se suba a tu coche con la altura justa de tacones, el largo perfecto de falda y la exacta profundidad de un buen escote. Acobárdate cuando la conversación empiece a derivar hacia temas en los que te deja sin argumentos. Empequeñécete cuando la veas reconocer un buen vino. Acompáñala hasta la puerta de casa e indígnate cuando descubras que sus besos son más difíciles que los de una puta y que no se vende como la veinteañera.
Vuelve a casa cabreado.
Queda con ella un par de meses más, hasta que llegue el día en el que te des cuenta de que esa tía disfruta viviendo. Que acaricia cada minuto de su vida y lo exprime como si así no fuera a morir nunca. Date cuenta de lo vacío que eres. Sé consciente de lo plano y burdo que pareces al lado de una mujer como ella. Llénate de inseguridades cuando te preguntes que hace una mujer así con un hombre como tú. Huye cuando descubras que empiezas a quererla más que a ti. Llora cuando no suene el teléfono y llegues a la conclusión de que ella es esa clase de persona que sabe aceptar finales. Llora también cuando recuerdes sus besos. Sus besos. Recuerda el día en el que te diste cuenta que sus besos no eran ni utópicos ni usados, sino simplemente un vicio.
Sé desgraciado el resto de tu vida mientras te vuelves a encontrar a 100 putas, 50 veinteañeras y a un par de chicas de cafetería más, aunque ninguna como la primera. Compadécete de ti mismo cuando veas que la historia siempre se ha repetido.
Muere solo, muere solo por que infravaloraste los besos de la puta, muere solo por usar a la veinteañera como si luego fueras a pagarle, muere solo por no saber echarle huevos a la chica de la cafetería. Muere solo, en definitiva, porque nunca supiste amar a ninguna mujer.
brillante
ResponderEliminarGracias :D
ResponderEliminarMoriré solo y abandonado.. Me resulta mas facil pedir un beso a una prostituta que a una chica normal, con un poco de dinero puedo pedir caricias aunque eso signifique peligro, maldigo a la vida por haberme negado la dicha de ser agradable para las chicas normales, la maldigo por haberme condenado al rechazo y mi unico consuelo es aquella mujer que vende su cuerpo por necesidad o vicio...
ResponderEliminarGracias excelente articulo
Gracias a ti
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