jueves, 9 de octubre de 2014

El octavo pecado capital.

Hablemos de mi vicio capital. De cómo aunó en uno los siete pecados originales.
De la gula que me arañaba el estómago cada vez que me besaba y me seguían las ganas de comerle. De esa avaricia susurrándome por las noches mientras dormía a mi lado que me tenía que adueñar de todos sus suspiros. Hablemos de la lujuria enredada en nuestras manos haciéndonos entender que pecar era placer o de cómo la soberbia estallaba en mi pecho henchido cuando veía mi reflejo en sus ojos o paseaba de su mano. De cómo la ira me quemaba los ojos el día que entendí que sus dedos y mis dedos ya no. Hablemos de nuestras mañanas, de la envidia que le tengo a su almohada y de la pereza que me invadía la piel cuando se trataba de abandonar su cama.
Hablemos de cómo sus caderas se convirtieron en el octavo pecado capital. 
Y de ahí al infierno.

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