De la gula que me arañaba el estómago cada vez que me besaba y
me seguían las ganas de comerle. De esa avaricia susurrándome por las noches
mientras dormía a mi lado que me tenía que adueñar de todos sus suspiros. Hablemos
de la lujuria enredada en nuestras manos haciéndonos entender que pecar era
placer o de cómo la soberbia estallaba en mi pecho henchido cuando veía mi reflejo en
sus ojos o paseaba de su mano. De cómo la ira me quemaba los ojos el día
que entendí que sus dedos y mis dedos ya no. Hablemos de nuestras mañanas, de la envidia
que le tengo a su almohada y de la pereza que me invadía la piel cuando se
trataba de abandonar su cama.
Hablemos de cómo sus caderas se convirtieron en el octavo
pecado capital.
Y de ahí al infierno.
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