Rebeca era de las que sabían amarse mal. Sin quererlo, pero mal. Rebeca rebosaba vida y ganas y juventud. No quería un cuento de hadas, ni siquiera creía en ellos. Rebeca creía en el amor. El de verdad, el que no necesita flores cada mes, el que se alimenta de la ternura que despiertan en ti las pequeñas idiosincrasias del otro. No, no quería bombones, le bastaba con un “¿Qué tal el día?” acompañado de una bañera llena al llegar de trabajar.
Quizás por eso se enamoró de Tomás. No era un romántico,
nunca la sorprendió con unos pendientes enormes ni le pidió matrimonio en un
restaurante caro. Le puso el anillo dentro de un rollito de primavera, cenando
cualquier día en casa, mientras ella iba a por servilletas a la cocina. Lo que
pasa es que Tomás no solo carecía de romanticismo. Tenía vacíos tan profundos y
tan vacío estaba él, que creía que solo otro sería capaz de llenarlos y
llenarlo. Pero es que Rebeca esos vacíos los ensanchaba. Rebeca se comía el
mundo y el mundo se la comía con la mirada. Rebeca trepaba y él no conseguía
salir del charco. Rebeca volaba y a él le gustaba cazar pájaros.
El verdadero problema empezó cuando la llamó princesa. Mi princesa.
Un miércoles a las cinco de la mañana. El rey de la casa estaba triste y quería
que su princesa lo consolara. El problema empezó cuando ella excusó el primer
bofetón porque es que lo acababan de despedir. Cuando lo siguieron otros cinco
porque quizás no lo apoyaba suficiente. El problema vino cuando ese ojo
hinchado era una caída en la ducha porque debería dejar el trabajo, que no le ayudaba
nada verla triunfando.
El problema fue que Rebeca pensaba que sabía amar, pero solo
sabía amarse mal. Y no pudo ver la diferencia entre perdonarlo y valorarse. No se enteró de que sumisión no era lo mismo que amor, no pudo entender que
olvidándose de quererse solo estaba matándose.
Lo que más le dolía eran los besos que nunca había dado. Se
le quedaban en los labios y le quemaban hasta hacerle llagas en las comisuras. Lo
que más le escocía era saber que no conocería el amor, el de verdad. Lo que más le
repugnaba eran las flores después de cada paliza, la bañera que la esperaba
llena cuando recobraba la conciencia para que se limpiara la sangre seca.
Rebeca cada vez tenía menos vida. Rebeca perdió las ganas.
Rebeca era una mujer de setenta en un cuerpo de treinta. Rebeca solo soñaba con
ser un hada y salir de allí volando. Y Tomás lo veía. Y se asqueaba, le
asqueaba su debilidad, su consentimiento, su cara amoratada. No podía ni
mirarla; esos ojos hinchados solo le hacían recordar lo fracasado que era. Y le
tenía que pegar más fuerte para que dejaran de mirarlo. Y después iba a la
floristería más cercana, pensando que esa había sido la última vez, y cuando
paraba delante de la puerta de casa se meaba en los pantalones pensando que la encontraría
muerta, y al entrar y verla en el suelo retorciéndose solo podía encerrarse en
el baño y llorar, llorar como un niño, llorar como un cobarde, con el grifo de
la bañera abierto para que ella no lo escuchara.
A Tomás sus vacíos solo se los llenaba el ron. Y ese día
Rebeca no esperó a que él llegara a casa para que le llenara la bañera. Ya se
la llenó ella sola. Tampoco le hizo falta estar ensangrentada para meterse
dentro. Rebeca mete un pie, después otro, se sienta, se desliza. El agua tibia
le reconcome las heridas supurantes. Rebeca sonríe. Rebeca se
hunde. Rebeca cierra los ojos. Rebeca es un pájaro. Rebeca decide volar. Y no
saca la cabeza del agua. Rebeca se ahoga en su libertad. Y vuela, vuela alto, por encima de los ramos de
flores, de las hadas y de Tomás, que ya nunca volverá a cazar a ese pájaro.
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