Supongamos que has llegado un poquito más adentro de lo que
los dos nos habíamos imaginado y que lo mismo a ti no, pero que a mí se me ha
ido de las manos. Que todo eran risas hasta que una de tus carcajadas se
clavó a la altura de mi ombligo. Supongamos todo eso de que las horas no se me
hacen largas ni que cierta canción me recuerda a ti. Supongamos que a mí no me
van todas esas moñadas, que soy una tía dura y que me río del romanticismo
barato y orquestado. Supongamos que me he tenido que tragar esa máscara.
Supongamos que he dejado de dormir mis 8 horas diarias por
eso de que hoy no has estado igual que ayer y joder, a ver cómo estarás mañana.
Supongamos que repaso unas 30 veces en mi cabeza antes de dormir la última conversación que hemos tenido y todas las posibles respuestas que te podría haber dado para dejarte encandilado. Supongamos que me paso todo el día esperando una llamada que no suena, un
mensaje que no llega o una cara que nunca aparece. Supongamos que ojalá esa
cara fuera tu cara. Por suponer.
Supongamos que el orgullo me puede y antes muerta que
decirte un “me importas más de lo que me gustaría”, supongamos que soy de las
que se pierden cosas por ego, o por miedo, o quizás ambas son lo mismo.
Supongamos que me he enfadado conmigo más de una vez al haberme pillado in fraganti buscando la manera de enamorarte. Supongamos que no paro de preguntarme qué hubiera pasado si…
Supongamos que el corazón se me pone en la garganta si me
parece verte pero al final no, o que el estómago me arde cuando escucho tu
nombre. Supongamos que el amor es pura química y que tú en mi tripa has escrito
toda la tabla periódica. Que sí, que poder
puedo vivir sin ti, pero supongamos que no quiero.
Supongamos que dejé de suponer en el segundo párrafo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario