miércoles, 8 de enero de 2014

Él y ella.



ÉL


Él la quería y no sabía por qué. Le gustaba verla esperando el autobús desde la acera de enfrente, la forma impaciente con la que miraba el reloj, sus finos dedos tamborileando sobre sus muslos delgados. La encontraba todos los días en ese bar de al lado de la parada del autobús a la hora de comer y adoraba ver su pelo rubio alborotado tras quitarse el gorro de lana, la forma en que sus grandes ojos verdes paseaban por la carta, la manera de morderse el labio inferior con unas paletas algo separadas mientras decidía qué almorzar, la ceremonia que rodeaba todo ese momento de elección para luego acabar pidiendo el mismo sándwich vegetal, sin cebolla, por favor, que pedía siempre. Le encantaba verla devorar ese sándwich como si llevara años sin comer, el momento en el que se rechupeteaba todos los dedos cuando ya no le quedaba ni una sola miga de pan sobre el plato, y la manera tímida que tenía de pedir la cuenta. Lo que más esperaba era el momento del “Gracias, hasta mañana” porque iba acompañado de la única sonrisa que dejaba ver en toda la velada. Su sonrisa. A lo mejor la quería por su sonrisa. Su sonrisa triste, nostálgica.

Un día ella dejó de ir al bar. Él la espero media hora más, pero no llegó. No llegó ese día, ni el siguiente, ni el siguiente otro. Él no faltó nunca. Fue a ese bar y se sentó en la misma mesa donde la esperaba incluso cuando las canas poblaban su cabeza. Incluso cuando esas canas abandonaron esa cabeza. Nunca quiso a otra. Nunca le gustó la impaciencia de otra mujer que no fuera ella. Nunca la forma de comerse un sándwich, sin cebolla, por favor, de otra, le pareció tan adorable como la de ella. Nunca encontró una sonrisa tan triste, tan nostálgica, capaz de enamorarlo. Solo faltó a ese bar el día que la vida, al igual que ella hacía 50 años, y sus canas, unos cuantos años después, lo abandonó. Él la quiso y nunca supo querer a otra.


ELLA


Ella no sabía lo que era el amor. Ella estaba sola. Ella era sola. Odiaba coger el autobús todas las mañanas para ir a trabajar. Siempre se quedaba dormida y siempre llegaba tarde. El frío que pasaba mientras esperaba el maldito autobús era infernal y no sabía dónde meter las manos para calentarlas. Nunca se paró a pensar en las bonitas manos que tenía, con esos dedos alargados y finos, no tenía tiempo. Comía siempre en el mismo bar al lado de esa parada de autobús porque odiaba su piso solo. Odiaba comer con todo ese silencio que la rodeaba, con la soledad sentada enfrente. Le gustaba ese bar lleno de gente y sus sándwiches vegetales sin cebolla. No hablaba con nadie, pero siempre eran los mismos. Le reconfortaba ver las mismas caras. Le agradaban todos esos murmullos alrededor. Su problema es que veía, pero no miraba, que oía, pero no escuchaba. Nunca reparó en aquel hombre que la miraba de frente dos mesas delante de ella. Nunca supo lo encantadora que resultaba ojeando esa carta, lo maravillosamente bien que se comía su sándwich, sin cebolla, por favor, o lo sexy que estaba rechupeteándose los dedos. Lo peor era volver a casa. Se despedía de ese bar cada día como la madre que se despide del hijo que se va de casa, con una sonrisa llena de tristeza y de miedo por meterse en ese piso tan vacío y solo.

Un día se cansó de estar sola. Conoció a Cualquiera en el trabajo y empezó a ir con él en coche por las mañanas. Al poco decidió que no quería comer sola nunca más y se casó con Cualquiera. Como ni ella misma sabía lo maravillosa que era, Cualquiera tampoco lo supo. Cualquiera nunca apreció esas manos tan bonitas que le hacían de comer, Cualquiera se desesperaba con la impaciencia de ella, Cualquiera nunca reparó en lo bonita que era leyendo el menú de los restaurantes a los que iban a cenar, a Cualquiera siempre se le olvidaba que a ella no le gustaba la cebolla. Cualquiera no supo nunca quitarle la tristeza a esa sonrisa.

Ella nunca se quiso y no supo querer a nadie. Ella, aunque acompañada, nunca dejó de ser sola.

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