ÉL
Él la quería y no sabía por qué. Le gustaba verla esperando
el autobús desde la acera de enfrente, la forma impaciente con la que miraba el
reloj, sus finos dedos tamborileando sobre sus muslos delgados. La encontraba
todos los días en ese bar de al lado de la parada del autobús a la hora de comer
y adoraba ver su pelo rubio alborotado tras quitarse el gorro de lana, la forma
en que sus grandes ojos verdes paseaban por la carta, la manera de morderse el
labio inferior con unas paletas algo separadas mientras decidía qué almorzar,
la ceremonia que rodeaba todo ese momento de elección para luego acabar
pidiendo el mismo sándwich vegetal, sin cebolla, por favor, que pedía siempre.
Le encantaba verla devorar ese sándwich como si llevara años sin comer, el
momento en el que se rechupeteaba todos los dedos cuando ya no le quedaba ni
una sola miga de pan sobre el plato, y la manera tímida que tenía de pedir la
cuenta. Lo que más esperaba era el momento del “Gracias, hasta mañana” porque
iba acompañado de la única sonrisa que dejaba ver en toda la velada. Su
sonrisa. A lo mejor la quería por su sonrisa. Su sonrisa triste, nostálgica.
Un día ella dejó de ir al bar. Él la espero media hora más,
pero no llegó. No llegó ese día, ni el siguiente, ni el siguiente otro. Él no
faltó nunca. Fue a ese bar y se sentó en la misma mesa donde la esperaba
incluso cuando las canas poblaban su cabeza. Incluso cuando esas canas
abandonaron esa cabeza. Nunca quiso a otra. Nunca le gustó la impaciencia de
otra mujer que no fuera ella. Nunca la forma de comerse un sándwich, sin cebolla,
por favor, de otra, le pareció tan adorable como la de ella. Nunca encontró una
sonrisa tan triste, tan nostálgica, capaz de enamorarlo. Solo faltó a ese bar
el día que la vida, al igual que ella hacía 50 años, y sus canas, unos cuantos
años después, lo abandonó. Él la quiso y nunca supo querer a otra.
ELLA
Ella no sabía lo que era el amor. Ella estaba sola. Ella era
sola. Odiaba coger el autobús todas las mañanas para ir a trabajar. Siempre se
quedaba dormida y siempre llegaba tarde. El frío que pasaba mientras esperaba
el maldito autobús era infernal y no sabía dónde meter las manos para
calentarlas. Nunca se paró a pensar en las bonitas manos que tenía, con esos
dedos alargados y finos, no tenía tiempo. Comía siempre en el mismo bar al lado
de esa parada de autobús porque odiaba su piso solo. Odiaba comer con todo ese
silencio que la rodeaba, con la soledad sentada enfrente. Le gustaba ese bar
lleno de gente y sus sándwiches vegetales sin cebolla. No hablaba con nadie,
pero siempre eran los mismos. Le reconfortaba ver las mismas caras. Le
agradaban todos esos murmullos alrededor. Su problema es que veía, pero no
miraba, que oía, pero no escuchaba. Nunca reparó en aquel hombre que la miraba
de frente dos mesas delante de ella. Nunca supo lo encantadora que resultaba
ojeando esa carta, lo maravillosamente bien que se comía su sándwich, sin
cebolla, por favor, o lo sexy que estaba rechupeteándose los dedos. Lo peor era
volver a casa. Se despedía de ese bar cada día como la madre que se despide del
hijo que se va de casa, con una sonrisa llena de tristeza y de miedo por
meterse en ese piso tan vacío y solo.
Un día se cansó de estar sola. Conoció a Cualquiera en el
trabajo y empezó a ir con él en coche por las mañanas. Al poco decidió que no
quería comer sola nunca más y se casó con Cualquiera. Como ni ella misma sabía
lo maravillosa que era, Cualquiera tampoco lo supo. Cualquiera nunca apreció
esas manos tan bonitas que le hacían de comer, Cualquiera se desesperaba con la
impaciencia de ella, Cualquiera nunca reparó en lo bonita que era leyendo el
menú de los restaurantes a los que iban a cenar, a Cualquiera siempre se le
olvidaba que a ella no le gustaba la cebolla. Cualquiera no supo nunca quitarle
la tristeza a esa sonrisa.
Ella nunca se quiso y no supo querer a
nadie. Ella, aunque
acompañada, nunca dejó de ser sola.
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