lunes, 13 de enero de 2014

Después de las perdices viene la resaca.


¿Sabes cuál es tu problema? Tu problema es que no te contaron lo que había después de las perdices. Tu problema es que no te enteraste que después del beso final hay un “continuará”, pero no te preocupes, yo te lo voy a contar.
Después de las perdices viene la resaca, el príncipe amanece con mal aliento y la princesa ha dejado su maquillaje en la almohada. Él relaja la tripa y ella cambia el tanga por las bragas.
Un mes después de las perdices, a la princesa el príncipe azul le parece más bien celestón, y él descubre que los labios rosados de su amada más que por fresas son por todos los potingues que guarda.
Las perdices cada vez quedarán más lejos y descubrirán que lo único que tienen en común es el título, que él quiere ser un héroe en el campo de batalla y ella la única guerra que quiere está en la cama.
Él querrá salir con sus amigos a beber cervezas, ella lo pondrá verde con sus amigas mientras se emborracha.
Ella un día mientras pasea conocerá a un mozo de cuadras, conversarán durante horas y la hará reir a carcajadas, y, con todo el peso de su conciencia en el pecho, no podrá evitar ese pensamiento, ese de “Joder, esto con mi príncipe no me pasa”. Él, mientras se toma esas cervezas, pondrá los ojos en el escote de la tabernera, se encandilará con las sonrisas que le regala, recordará que su princesa ya no se pone guapa para él, y no podrá evitar compararlas.
La princesa dejará de sentir ese “no puedo vivir sin él” para comenzar a pensar lo agusto que estaría si no estuviera. El príncipe olvidará lo bonito que es eso de verla dormir y se echará a roncar antes de que ella se meta en la cama.
En una de las que ella esté haciendo la colada, sacará de la lavadora su vestido preferido estropeado porque el traje azul de él ha desteñido. En una de las que él esté metido en la bañera, se le enredará en los dedos un matojo de cabellera dorada.
Él pensará por qué cojones tuvo que ir a besarla, que no hubiera pasado nada por dejarla dormir 100 años más. Ella lamentará no haberse ido con el tirano, haberse dejado engatusar por semejante niñato.
Descubrirán que la pasión y el “ por siempre jamás” son una estafa y que igual que los yogures, también caducaban.
Un día preferirán otras bocas a sus bocas y la novedad ganará el pulso a la rutina veterana. Pensarán en qué sería su vida despertando al lado de nuevas caras.
Llegará un momento en el que simplemente se mirarán y se encogerán de hombros condenados a vivir sin magia. Darán herederos infelices a un reino que envidia un amor que engaña. Vivirán toda una vida sin pasión, llena de rutina y desilusión, se despertarán cada mañana deseando apagar el despertador y asqueados de ver la misma cara cada vez más arrugada. De vez en cuando intentarán volver a enceder la llama y fracasarán, él seguirá pensando en la tabernera y ella en el mozo de cuadras. Pensarán en qué hubiera sido de sus vidas si se hubieran marchado con ellos y suspirarán, diciéndose que eso solo ocurre en los cuentos de hadas.
Después de las perdices llorarán, pelearán, desesperarán y vivirán una vida desapasionada. Después de las perdices todo se acaba.  

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