¿Sabes
cuál es tu problema? Tu problema es que no te contaron lo que había
después de las perdices. Tu problema es que no te enteraste que
después del beso final hay un “continuará”, pero no te
preocupes, yo te lo voy a contar.
Después
de las perdices viene la resaca, el príncipe amanece con mal aliento
y la princesa ha dejado su maquillaje en la almohada. Él relaja la
tripa y ella cambia el tanga por las bragas.
Un
mes después de las perdices, a la princesa el príncipe azul le
parece más bien celestón, y él descubre que los labios rosados de
su amada más que por fresas son por todos los potingues que guarda.
Las
perdices cada vez quedarán más lejos y descubrirán que lo único
que tienen en común es el título, que él quiere ser un héroe en
el campo de batalla y ella la única guerra que quiere está en la
cama.
Él
querrá salir con sus amigos a beber cervezas, ella lo pondrá verde
con sus amigas mientras se emborracha.
Ella
un día mientras pasea conocerá a un mozo de cuadras, conversarán
durante horas y la hará reir a carcajadas, y, con todo el peso de su
conciencia en el pecho, no podrá evitar ese pensamiento, ese de
“Joder, esto con mi príncipe no me pasa”. Él, mientras se toma
esas cervezas, pondrá los ojos en el escote de la tabernera, se
encandilará con las sonrisas que le regala, recordará que su
princesa ya no se pone guapa para él, y no podrá evitar
compararlas.
La
princesa dejará de sentir ese “no puedo vivir sin él” para
comenzar a pensar lo agusto que estaría si no estuviera. El príncipe
olvidará lo bonito que es eso de verla dormir y se echará a roncar
antes de que ella se meta en la cama.
En
una de las que ella esté haciendo la colada, sacará de la lavadora
su vestido preferido estropeado porque el traje azul de él ha
desteñido. En una de las que él esté metido en la bañera, se le
enredará en los dedos un matojo de cabellera dorada.
Él
pensará por qué cojones tuvo que ir a besarla, que no hubiera
pasado nada por dejarla dormir 100 años más. Ella lamentará no
haberse ido con el tirano, haberse dejado engatusar por semejante
niñato.
Descubrirán
que la pasión y el “ por siempre jamás” son una estafa y que
igual que los yogures, también caducaban.
Un
día preferirán otras bocas a sus bocas y la novedad ganará el
pulso a la rutina veterana. Pensarán en qué sería su vida
despertando al lado de nuevas caras.
Llegará
un momento en el que simplemente se mirarán y se encogerán de
hombros condenados a vivir sin magia. Darán herederos infelices a un
reino que envidia un amor que engaña. Vivirán toda una vida sin
pasión, llena de rutina y desilusión, se despertarán cada mañana
deseando apagar el despertador y asqueados de ver la misma cara cada
vez más arrugada. De vez en cuando intentarán volver a enceder la
llama y fracasarán, él seguirá pensando en la tabernera y ella en
el mozo de cuadras. Pensarán en qué hubiera sido de sus vidas si se
hubieran marchado con ellos y suspirarán, diciéndose que eso solo
ocurre en los cuentos de hadas.
Después
de las perdices llorarán, pelearán, desesperarán y vivirán una
vida desapasionada. Después de las perdices todo se acaba.
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