A veces escribo, por necesidad, por miedo, por ego. A veces
escribo porque no sé decirlo, o no puedo, o no quiero. A veces escribo, por mí,
por llenar vacíos, por vaciar rellenos. A veces escribo porque me gusta cómo
duele y otras escribo porque así duele menos. Pero siempre duele. A veces
escribo porque es instinto, porque sale solo, porque no lo pienso. A veces
escribo porque es más fácil, a veces escribo porque lo difícil es no hacerlo. A
veces escribo porque me lo pide el cuerpo, a veces escribo como cuando vomito,
sin quererlo. Sin elegir el cómo, ni el cuándo, ni el qué, ni el por qué. A
veces escribo y da igual si son las cinco o las diez. En el autobús, en medio
de una cena o mientras duermo. A veces escribo con angustia, con ansiedad, con
vértigo, como si las palabras se fueran a extinguir, como si las ideas se
estuviesen muriendo. Es un nudo en el estómago, un cosquilleo en la punta de
tus dedos, una presión en la cabeza, aturdimiento. A veces escribo porque no sé
hacer otra cosa, porque si hiciera otra cosa me sentiría menos. A veces escribo porque no me queda más
remedio.
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