miércoles, 23 de abril de 2014

A veces escribo.



A veces escribo, por necesidad, por miedo, por ego. A veces escribo porque no sé decirlo, o no puedo, o no quiero. A veces escribo, por mí, por llenar vacíos, por vaciar rellenos. A veces escribo porque me gusta cómo duele y otras escribo porque así duele menos. Pero siempre duele. A veces escribo porque es instinto, porque sale solo, porque no lo pienso. A veces escribo porque es más fácil, a veces escribo porque lo difícil es no hacerlo. A veces escribo porque me lo pide el cuerpo, a veces escribo como cuando vomito, sin quererlo. Sin elegir el cómo, ni el cuándo, ni el qué, ni el por qué. A veces escribo y da igual si son las cinco o las diez. En el autobús, en medio de una cena o mientras duermo. A veces escribo con angustia, con ansiedad, con vértigo, como si las palabras se fueran a extinguir, como si las ideas se estuviesen muriendo. Es un nudo en el estómago, un cosquilleo en la punta de tus dedos, una presión en la cabeza, aturdimiento. A veces escribo porque no sé hacer otra cosa, porque si hiciera otra cosa me sentiría menos.  A veces escribo porque no me queda más remedio.

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